tejedora

6/06/2009

Centenario de la Escuela Normal de Sucre

Nosotros, querida escuela, los que ya nos vamos, queremos entregarte nuestro último canto.
Venimos con el paso vacilante, las manos temblorosas y las pupilas cansadas de haber visto ya tanto.
Venimos a que nos devuelvas un instante siquiera la ilusión de esa mirada joven, el corazón ardiente y esa unción con que entramos a tus aulas un día, cual se penetra a un templo

Allí nos diste a beber, profunda fuente, sabiduría para la lucha por la vida
Hallamos en tu linfa cristalina dichas y amores, amistades profundas, compañerismo y hermandad. También tuvimos, es cierto, momentos de tristeza, de oscuridad y llanto. Con esos materiales nos modelaste el alma.

Después nos echaste a volar hacia los cuatro vientos de nuestra Patria grande
Armados con la fe que en nosotros pusiste, con un fervor de apóstoles, sabiéndonos cruzados en la gran batalla por la redención de nuestra Patria Sabiendo que no la redimiremos si no es con LA EDUCACION

Tú pusiste en nuestras manos la semilla y nosotros la lanzamos al futuro
Todos aquellos que en tu seno formaste, entregamos entera nuestra vida por cumplir ese ideal. Luchamos con denuedo, pobres quijotes, contra los molinos de viento de la ignorancia, de la pobreza, la incomprensión y la maldad,
Bebimos en los cálices amargos de la injusticia y de la ingratitud pero fueron enorme recompensa la sonrisa de los niños cuyas mentes abrimos y en cuyas manos dejamos el inmenso tesoro de los libros

Con la voz ya cascada, la cabeza nevada, llegamos hasta ti, nuestra Escuela Normal a decirte que aquellos que un día recibiste, hacen ya tantos años, hemos cumplido ya nuestro deber..
Nosotros ya nos vamos, te decimos adiós. Otros vendrán porque el futuro espera. Síguelos alumbrando, escuela madre, como un faro que nunca ha de extinguirse.

5/29/2009

Día de la madre

Bolivia luchó quince largos años por librarse del poder español. Uno de los episodios de esta guerra sucedió en 1.812 en la ciudad de Cochabamba donde llegó el general Goyeneche bien perpetrado de armamento y tropas después de haber ganado varias batallas contra las fuerzas insurgentes.
Cochabamba se preparaba a resistir, conciente de lo poco preparada que estaba. Incluso se intentó un pacto con el general realista pero éste exigía la entrega de los cabecillas.
Cochabamba se negó y presentó batalla pero, como era de esperar, fueron superados y vencidos.
Las mujeres, que habían tomado parte activa en la batalla, al ver que no quedaban más hombres en la lucha, se atrincheraron en una elevación de la ciudad llamada “La coronilla” y allí, armadas de palos y piedras y quizás un rifle que ya no le servía a un muerto, plantaron cara y murieron luchando.
Desde entonces se celebra, en su honor, “El día de la madre” todos los 27 de mayo.

Años han pasado de aquello y hoy el día de la madre es algo que comienza por lo menos un mes antes con un bombardeo incesante de propaganda mediática en la que se mezcla el mensaje plañidero con la propaganda comercial de todo lo imaginable.

Las canciones lacrimosas que recuerdan a esas madres que no se supo apreciar en vida se confunden con la apremiante idea de la felicidad que gozará una madre que reciba una lavadora, una cocina, un microondas o una escoba eléctrica, cualquier cosa que, supuestamente, la hará una esclava más feliz dentro de los deberes domésticos a los que está atada.

Lo siento, no me sumo al festejo, es más, tanto ajetreo me deprime. Con mucho gusto me saltaría ese día en el calendario pero no hay modo.
Mi hija que, es madre también, felizmente piensa como yo y me regala una crema para la piel, su esposo un ramo de flores y ambas agradecemos las llamadas que, desde todos los puntos del globo, nos hacen nuestros hijos.

Yo he recibido un regalito extra: Había perdido, hace tiempo, un arete que tenía en gran estima. Era un regalo de mi esposo.
Hoy voy a encender una lámpara y como no respondía, intento ajustar el tomacorriente. A su lado estaba el dichoso arete como diciéndome: Tómame, feliz día de la madre.

4/10/2009

¿Casualidades?

¿Qué son las casualidades? ¿Porqué esos encuentros y desencuentros de personas, de acontecimientos, de tiempos?
Pareciera que un dios burlón y travieso juega a mezclar las cosas, a confundir los destinos de la gente y a reírse del asombro y el desconcierto que provoca.

Hemos sido víctimas de una serie de esas casualidades y nos preguntamos ¿son simples casualidades? ¿Hay algo detrás de ellas, un mensaje, una presencia?
Mi marido ha muerto hace tres años y ayer fue su cumpleaños. Teníamos planeado llevarle un ramo de flores al Cementerio en la tarde pero en la mañana estábamos ocupadas en los quehaceres normales de la casa y con la cabeza puesta en ellos. Salimos a comprar algo que nos faltaba cuando de pronto apareció el jeep que mi marido había manejado muchos años y cuyo modelo sería, ahora, muy difícil de encontrar.
Nos quedamos mudas viéndolo pasar frente a nuestros ojos y sin prisa rodear la plazuela como si quisiera darnos tiempo para verlo y comprobar que, sin lugar a dudas era, precisamente ese. Tenía incluso la misma pintura ya desteñida por los años.
Si hubiera estado yo sola, me habrían dicho que me confundí con un vehículo parecido pero ambas lo examinamos muy bien.

Aquel jeep fuerte, de motor poderoso, capaz de recorrer todos los caminos asfaltados y de tierra, con baches, con lodazales y con todo lo que se le pusiera por delante, era la posesión más preciada de mi marido. Bromeábamos diciéndole que lo cuidaba y lo quería más que a sus hijos y más que a mí.
Lo acompañó cuarenta años y sólo una enfermedad que no le permitía manejar, lo separó de él. Varios años estuvo sin uso porque nunca nos animábamos a venderlo hasta que él mismo decidió que era una pena verlo arruinarse así cuando todavía podía servirle a alguien.

No es extraño que, luego de la primera venta, haya ido cambiando de dueños y por último resultara aquí, a muchos kilómetros de su destino original.
Sin embargo apareció frente a nosotras en el momento justo cuando habíamos salido a la calle unos minutos nada más.
Y. por último, en el día de su cumpleaños.

¿Simples casualidades? ¿O hay algo más?

3/14/2009

Javier

Desde el otro lado del mundo nos llegó la noticia de que venías y tus padres habían resuelto llamarte Javier si eras varón. Antes de confirmarse la noticia de tu sexo, encontramos una hermosa zamba argentina que se llama: “Zamba para Javier” la escuchábamos todo el día convencidos de que serías hombre.

Llegaste desde la lejanísima Suiza una noche en que el cielo parecía abrirse sin control en la ciudad de La Paz. La vagoneta que nos bajó del aeropuerto a la ciudad parecía navegar entre ríos de agua que inundaban las calles. Yo, sin embargo no me enteraba sino de tu presencia y el arrobo que fue tenerte en mis brazos unos momentitos

Más tarde llegaste a la tierra de donde había salido tu padre, al mítico Potosí, la ciudad para la que el refranero español acuñó la frase: “Vale un Potosí”.

Te recuerdo vivamente tomando un baño a pleno sol en una bañerita con pie de tijera que fue de tu padre y de tus tíos cuando tenían tu edad. ¡Como disfrutabas del agua y de los juguetes mientras tus papás y tus abuelos hacían de aquello una fiesta de la alegría.!

Te recuerdo a mi lado en el corralito, que también fue de tu padre, yo mientras tejía gorjeabas como un pajarillo y reías mientras tu zamba te acompañaba hasta quedarte dormido.

Los abuelos nos quedamos en Potosí y tú fuiste a vivir a La Paz. Cuando llegó la Navidad no encontramos un regalo mejor para ti, que ya tenía tres años, que un triciclo. No pensamos que vivían en un departamento pequeño y que tú no tendrías mucho lugar para manejarlo.

Cuando llegamos aún no lo habías visto y tu abuelo y yo, sin pensarlo dos veces, nos llevamos , triciclo y nieto a una plaza cercana.

Tu entusiasmo era conmovedor aunque no sabías como abordar semejante artefacto. Tu abuelo te montó en él y puso tus pequeños pies en los pedales. Al comienzo hubo algo de forcejeo pero en seguida aprendiste a pedalear y fue la gloria. La plaza te quedaba pequeña y de un lado u otro se escuchaba tu reclamo: ¡Audita!!!!! Y uno de nosotros corría en tu ayuda para remontar una pendiente difícil.

No paraste en toda la mañana sino para devorar un plátano.

Tú regresaste al departamento convertido en un experto conductor, orgulloso y encantado; nosotros regresamos a nuestro Potosí felices con tu felicidad. Tus padres no sé que habrán tenido que hacer para que su hogar no fuera, desde entonces, una permanente pista de carreras.

2/09/2009

Ropa sucia

No hay quién se libre del problema de lavar la ropa. Sería interesante averiguar quién fue el primer hombre o mujer que, después de olfatear el cuero que lo cubría, pensó que era una buena idea meterlo en el río para librarlo de los mil bichos que lo habitaban y hacían de su dueño su comida diaria. Seguro que tuvo éxito y ya me imagino a todos los greñudos haciendo del lavado de su cuero una práctica habitual.

Desde entonces han volado los años y lavar ropa, con más o menos frecuencia, según los tiempos, las clases sociales y las comodidades que se fueron dando los humanos, es una práctica de la que no podemos escapar.

Dicen las malas lenguas que los franceses de las clases pudientes inventaron el perfume para no tener que lavar los costosos atavíos que llevaban. Era natural: todos aquellos brocados traídos de la China, los bordados con oro, los encajes en los que se dejaban los ojos las mujeres de pueblos enteros, las muselinas de la India, no iban a resistir un paseo por la batea.

Hoy tenemos las máquinas de lavar cada vez más sofisticadas, hacen el trabajo solas y, con los ingredientes apropiados, lavan, suavizan y perfuman que es un encanto. Se han multiplicado los establecimientos que hacen el trabajo, ya no son sólo los chinos los aficionados a ese negocio. Y por último, casi todos los edificios tiene un lugar donde uno puede usar una de las varias máquinas de lavar. Basta bajar con el canasto de ropa sucia, con el jabón, cancelar el tiempo necesario y hacerse de paciencia mientras el aparato realiza su tarea. Se puede ir con amigas y ponerse al tanto de todos los chismes del barrio. Se puede jugar unas manitos de cartas y hasta compartir unos bocadillos. Leer, estudiar, escuchar música y hasta coincidir con alguien interesante y enamorarse.

Pero en los tiempos en los que yo recién me casé, no había nada de eso. Unas grandes bateas de madera y otras de hojalata, jabones en barra, un poco de “azul fino” para el último enjuague de la ropa blanca, eso era todo lo que teníamos……y estar dispuestos a un trabajo duro.

El lugar donde yo vivía estaba a 4.000 metros sobre el nivel del mar, de modo que hacía frío pero el sol, sin mucho aire de por medio, calentaba que era un contento.

Entonces inventamos los “Sábados de lavado” Disponíamos desde por la mañana, en el amplio patio, todas las bateas con agua que se iba calentando al sol. Por la tarde sacábamos los canastos de ropa sucia de la semana y mi marido y yo las jabonábamos y refregábamos en las bateas de madera. La ropa pasaba al hijo mayor que tenía lista la primera batea de enjuague, de allí iba al otro hijo para el segundo enjuague y, por último, la ropa blanca al azuleado a cargo de la niña. La sacudíamos y la colgábamos en sogas que cruzaban el patio. Allí la ropa quedaba secándose en la brisa y jugando a que iba a volar en cualquier momento.

Los cansados trabajadores eran recompensados con una merienda especial que culminaba con un delicioso helado.

Años más tarde mi hijo mayor llegó a esa casa habiendo culminado sus estudios en el exterior. Traía su diploma, una linda esposa costarricense y el milagro de un nieto.

Me encantó verla lavando los pañales del niño pero me quedé de una pieza cuando me dijo: - ¿Puede conseguirme un “mecatito” para “guindar” la ropa del niño sobre el “sacate”?

No me precio de hablar idiomas pero me doy cuenta de que es francés, inglés, italiano y hasta alemán el idioma que se está hablando pero aquello… Bueno, mi hijo tradujo que se requería una cuerda para colgar los pañales sobre el césped. En el simpático idioma “tico”

Mucho después y en otro lugar, Vivimos en un departamento de modo que el patio, las bateas y los “sábados de lavado” son ya cosa de otro mundo. Cuando mi marido y yo nos quedamos solos, nuestro hijo nos dejó su lavadora. Es pequeñita, semi-automática, lo que quiere decir que tenemos que hacer parte del trabajo. Amo esta lavadorita, me permite colaborar en el trabajo y eso me gusta porque siempre he preferido tener ayudantes y no empleadas.

Como ya es bastante viejita, un día comenzó a fallar. Vinieron los técnicos y luego de echarle una mirada de desprecio me la desahuciaron:

-Repuestos para este modelo ya no encontrará, tiene que estar pensando en comprarse otra. A propósito, le ofrecemos esta con la cual no necesita sino apretar un botón y ella calienta el agua, regula el jabón, el suavizante y hasta canta a tiempo de entregarle la ropa ya seca.

2/04/2009

Mariposa dorada

Para Miguel y Cèline

Mariposa que has llegado a mi ventana cruzando extraños paisajes y lejanos mares; mariposa dorada que conoces el brillo de otros cielos y el eco de otros acentos; que has mirado caer copos de nieve como si fueran mariposas blancas, hermanas tuyas: ¿que milagro te impulsó a volar hasta mi ventana para acompañar mi soledad?

Fue un soplo de amor: dos ángeles te impulsaron con su lejano recuerdo y con la fuerza de su sangre que es de ellos y que es mía.

Ahora estás aquí con tus iridiscentes destellos diciéndome: ¡Vive! que, aún venciendo tiempos y distancias, el amor te acompaña.

11/27/2008

La cola

Como desde la pantalla de un televisor defectuoso, entre sacudones y saltos, la ventanilla del bus, deja entrever el cambio de los paisajes que atraviesa: primero, casas lujosas, entrevistas como una mancha blanca entre la exhuberancia de los jardines; después, construcciones más numerosas y apretujadas con apenas un manchón de verdor y por último, los edificios cada vez más compactos, más altos y más desnudos con cientos de ventanas como ojos vacíos que hacen pensar en aquel poema: " sesenta balcones y ninguna flor".

Doña Catalina Días Andulce viuda de Perez del Castillo, maestra normalista con categoría "Al mérito", condecorada con la "Gran Orden de la Educación" en grado de oficial, como justo reconocimiento a treinta años de servicio en la docencia, ahora jubilada, se traslada a cobrar su exigua renta. Es uno más entre los anónimos pasajeros del atestado bus.

En el largo trayecto los pasajeros suben y bajan. Entre dos cabeceos, doña Cata descubre que, a su lado, donde antes se sentaba una chola con su guagua, ahora está acomodada una vieja de mirada agresiva que, desde detrás de los gruesos lentes, parece un pájaro presto a lanzar un picotazo. Doña Cata la mira largamente: a lo mejor es sólo una mujer triste o asustada.: Pasamos la vida viendo la mueca antes que la cara, oyendo la voz sin escuchar el mensaje, catalogando harapos de trapo y carne, sin poder jamás asomarnos al alma de las personas.

Un viejecito menudo de bigotes ralos y dientes careados que viaja en el asiento de atrás, le toca el hombro:

-Señorita Catalina. Se acuerda de mi?. Soy Lucio Torrico, el Cachi, usted me enseñó a leer en la escuela "Uyuni" de Tembladerani.

Doña Cata da vuelta la cabeza todo lo que puede. -Pero que viejo tonto- piensa- Es imposible que yo tenga un alumno de tan avanzada edad.

Mientras el vejete amontona precisiones, nombres, lugares y anécdotas, Doña Cata compone una sonrisa boba para escucharlo y su cabeza se pierde en un carrusel de aulas, de rostros infantiles, de sonrisas, de gritos y de lágrimas. Casi vuelve a sentir el esfuerzo y la alegría de llenar esas cabecitas con el abecedario, las tablas de multiplicar, el aseo, la moral y la instrucción cívica.

-Tengo que bajarme en la esquina Colón- le dice Doña Cata- Por favor, me avisa cuando lleguemos.

-Pero si ya es aquí- se afana el Cachi y grita:- |Maestro, pare|.

Doña Cata agita los brazos en el esfuerzo por incorporarse y se desliza entre bolsas, aguayos y guaguas, empujando a la señora que ha visto que el asiento va a quedar vacío y se viene de contramano.

-Que vieja de mierda, ya me ha rasgado las medias.- se queja una joven.

-Apúrese pues Doña, no puedo tener el bus parado aquí- vocifera el chofer.

-No le levante la voz, respete las canas- grita el Cachi.

Por fin, como si se hubieran librado de una verruga, Doña Catalina es depositada en la acera. Sintiendo que la cabeza le da vueltas, con saltitos de gallina maneada, vence la media cuadra que la separa de la hilera de personas que, en fila, adosadas a la pared, arrastran lentamente los pies a medida que avanza la cola. Reconoce el cloqueo de las voces cascadas, las miradas miopes y las cabelleras blancas o teñidas.

-¿Esta es la fila para recoger la papeleta?

-Si, señora . Ahora hay una sola fila. De todos modos, tenemos que esperar porque el dinero se ha terminado y han ido al Banco a buscar más.

Pese a que no hay atención, la cola avanza poco a poco porque las personas se desmarcan para ir a charlar o a buscar dónde sentarse. Doña Cata mira con codicia un pilar que está más adelante y al que ansía llegar para apoyarse. Ultimamente no se ha sentido bien y particularmente hoy se siente peor. Con un suspiro, recarga todo lo que puede de su humanidad en la superficie fría.

De pronto, fija la mirada en alguien que está más adelante .-Aquella es la Corina....O no?- murmura- Parecía más alta y se ufanaba de su silueta y ahora tiene una panza....Atrevida y coqueta la Corina, se le insinuaba descaradamente

al Gabriel aún sabiendo que era mi novio. Dígame, señora, aquella, la de los pelos amarillos. Es la Corina Benítez?

-No puede ser- le contestan- Corina ha muerto hacen......creo que ya tres años.

-Muerta- piensa Doña Cata- Pobrecita, era coqueta pero en el fondo no era tan mala. Muerta como mi Gabriel. Se habrán encontrado?.Puede que la muerte sea otra vida, pero , no. Como recitaba su sobrino Elías en esa obra de teatro: esta vida no es sino un largo sueño por el que uno pasa con los sentidos estremecidos, experimentando el calor y el frío, el hambre y la delicia, la belleza y la nausea, el amor y el odio. Percibiendo las punzadas de la felicidad y la desdicha, de la libertad y las cadenas. Después, cuando uno muere, es como si despertase de ese sueño, no recuerda nada, sólo queda una enorme y desolada añoranza....

Perdida en sus pensamientos, la mujer se ha quedado como dormida recostada en el poste.

-Recorra pues Doña, ya ha dejado sitio como para tres personas y ahí se aprovechan para meterse las coladoras.

Doña Cata se despega con gran pena de su sostén y por un momento, duda de si podrá mantenerse en pie.

Porqué, |Dios mio| a nadie se le ha ocurrido poner unas bancas aquí? Sólo unas rústicas bancas de madera en las cuales abandonar, por un momento, los doloridos huesos

-Tengo que sacar mis documentos-piensa- y cuidadosamente desabrocha el gancho con el que tiene unido el bolsillo al abrigo- Así no pueden meter la mano y robarme.

Delante de ella tiene la espalda de un caballero y allí, Doña Cata golpea

con cuidado:

-Perdone señor. Me haría el favor de cuidarme el sitio en la cola?. Verá Ud., tengo que buscar a la Leonor. Ella se comprometió a venir para ayudarme.

Doña Cata se lanza en medio de aquel mar de gente, como un naufrago que abandonara el barco. Allí avanza flotando como un corcho en un remolino. Ya no se respeta el orden. Sobre todo las señoras, a quienes les toca formar en la calle, donde sopla un helado viento de otoño, abandonan la cola y entran buscando, afanosamente, una persona conocida a quien apegarse y con el pretexto de la charla, incrustarse en la fila.

La señora avanza preguntando a todos:- No la han visto a la Leonor?- y cuando llega a la puerta sin noticias de su amiga, regresa abriéndose paso a duras penas. A cada momento cree ver al caballero que le está "guardando la cola" pero cuando quiere recobrar su lugar la rechiflan y la sacan a empujones. Por fin llega donde el hombre que avala su derecho.

La cola sufre un estremecimiento y el cloqueo de las viejitas eleva su tono. Parece que un zorro hubiera entrado en el gallinero. Es que han llegado los empleados del Banco con el dinero.

La gente se alborota ante la inminencia del pago. Las coladoras buscan afirmar su lugar. Algunos audaces avanzan entre la rechifla general.

Por fin Doña Cata logra su papeleta y la mira con enorme desconsuelo. Debe llenar sus datos y no sabe cómo, las letras le bailan ante los ojos. Es imposible que en un espacio tan reducido como el de ese pequeño papel, pueda escribir su nombre.

Nuevamente araña la espalda del caballero de adelante: -No ha llegado mi amiga. Ud. sería tan amable de ayudarme a llenar los datos?. Verá, estoy casi ciega.

El paciente caballero consigue algo en que apoyar la boleta y hace difíciles ejercicios de equilibrio para escribir de pie, la señora lo observa y la recorre una tenue cosquilla de añoranza:

-Se parece a mi Gabriel. Es moreno como él y tirando a gordito.¿ Su sonrisa será pícara como la de él?.| Me gustaba tanto su sonrisa. La conservó hasta el día en que se la borró la muerte....

El "pam, pam, pam" del sello de los pagadores se eleva por encima de las voces.

Doña Cata es zarandeada, avanza y retrocede, recargada a medias en quien va adelante. Ya no puede más, sus piernas son de gelatina y en lugar de cuerpo soporta un costal de dolores. Avanza sólo porque la cola empuja y cuando llega a la mesa del pagador, no acierta a entregar la boleta. Su boca entreabierta emite un quejido apenas audible. Toda su humanidad se ha concentrado en la mirada miope de sus ojos que imploran auxilio .Pero los pagadores, cansados y aburridos, no se detienen a mirar los ojos de la gente.

-Su boleta y su carnet, señora. Apúrese, por favor, está Ud. deteniendo la cola.

Pero Doña Catalina Díaz Andulce viuda de Perez del Castillo ya no escucha, simplemente se desploma. Ha terminado de soñar el largo sueño de su vida.